Antibióticos en niños: qué son, cuándo se necesitan y por qué los catarros no se tratan con antibióticos

“¿No sería mejor darle un antibiótico para que se le pase antes?” Esta es una pregunta muy frecuente en la consulta de pediatría, especialmente durante los meses de otoño e invierno, cuando los niños encadenan catarros, tos, mocos y fiebre. Y es comprensible. Cuando nuestro hijo lleva varios días enfermo, queremos que se recupere cuanto antes. Pero los antibióticos no son medicamentos que sirvan para cualquier infección y, cuando no están indicados, no ayudan a que el niño se recupere antes. Entender qué son, cuándo funcionan y por qué no debemos utilizarlos por nuestra cuenta es importante para utilizarlos de forma segura.

¿Qué es exactamente un antibiótico?

Los antibióticos son medicamentos que se utilizan para prevenir y tratar determinadas infecciones causadas por bacterias.

Las bacterias son microorganismos capaces de producir infecciones en nuestro organismo. Algunas son perjudiciales, pero otras forman parte de nuestra microbiota y viven normalmente en nuestra piel, intestino y otras zonas del cuerpo sin causarnos enfermedad.

Los antibióticos actúan sobre las bacterias de diferentes maneras: algunos impiden que puedan construir su pared celular, otros interfieren en la fabricación de proteínas que necesitan para sobrevivir y otros bloquean procesos esenciales para su crecimiento o reproducción.

Por eso, un antibiótico no es simplemente “un medicamento para matar los gérmenes”.

Está diseñado para actuar sobre determinados microorganismos y mediante mecanismos concretos. Por eso, no todos los antibióticos sirven para todas las bacterias.

¿Por qué existen diferentes tipos de antibióticos?

Cuando hablamos de “antibióticos” estamos hablando de un grupo muy amplio de medicamentos.

Existen diferentes familias, y cada una tiene unas características determinadas.

Por ejemplo, dentro de los antibióticos encontramos familias como:

Dentro de cada familia existen además diferentes medicamentos.

  • penicilinas;
  • cefalosporinas;
  • macrólidos;
  • aminoglucósidos;
  • tetraciclinas;
  • quinolonas;
  • y otras muchas.

¿Por qué no podemos utilizar cualquiera?

Porque las bacterias no son todas iguales.

Un antibiótico puede ser muy eficaz frente a determinadas bacterias y no funcionar frente a otras. Además, algunas bacterias han desarrollado mecanismos de resistencia que hacen que determinados antibióticos dejen de ser eficaces frente a ellas.

También influye el lugar donde está localizada la infección. No todos los medicamentos alcanzan las mismas concentraciones en todos los tejidos.

Por eso, cuando un pediatra prescribe un antibiótico, no está eligiéndolo simplemente porque sea “más fuerte”.

Está teniendo en cuenta diferentes factores:

En determinadas infecciones se puede obtener una muestra —por ejemplo, de orina, sangre, una secreción o una muestra de otra localización— para identificar la bacteria y estudiar qué antibióticos pueden ser eficaces.

  • qué tipo de infección sospecha;
  • qué bacterias suelen causarla;
  • la edad y el peso del niño;
  • dónde está localizada la infección;
  • los antecedentes médicos;
  • posibles alergias;
  • los patrones de resistencia bacteriana;
  • y, cuando es necesario, los resultados de pruebas microbiológicas.

¿Un antibiótico “más fuerte” es mejor?

No.

El mejor antibiótico no es necesariamente el que tiene un espectro más amplio ni el que “pega más fuerte”.

El objetivo es utilizar el antibiótico adecuado para la bacteria que queremos tratar, en la dosis adecuada y durante el tiempo indicado.

Utilizar un antibiótico innecesariamente amplio puede exponer al niño a más efectos adversos y favorecer la selección de bacterias resistentes.

Por eso, cuando el pediatra elige un antibiótico concreto, aunque a los padres les pueda parecer que otro medicamento es “más potente”, la elección responde a criterios médicos.

¿Los antibióticos sirven para los virus?

No.

Los antibióticos actúan contra determinadas bacterias, pero no funcionan frente a los virus.

Y los virus son responsables de muchas de las infecciones más frecuentes durante la infancia.

Por ejemplo:

son producidas por virus.

Por tanto, administrar un antibiótico en estas situaciones no elimina el virus ni hace que desaparezca antes la infección.

  • la mayoría de los catarros;
  • muchas faringitis;
  • la gripe;
  • la mayoría de las bronquitis agudas;
  • y muchas gastroenteritis

Entonces, ¿por qué mi hijo tiene mocos verdes?

Esta es probablemente una de las preguntas más frecuentes en pediatría.

Durante un catarro, las secreciones nasales pueden cambiar de aspecto a lo largo de los días. Pueden comenzar siendo transparentes y hacerse posteriormente más espesas, amarillentas o verdosas.

El color de los mocos no significa por sí mismo que exista una infección bacteriana.

Los cambios de color forman parte de la evolución habitual de muchas infecciones respiratorias víricas.

Por tanto:

mocos verdes ≠ antibiótico.

Lo mismo ocurre con la tos. Que un catarro produzca una tos intensa o que la tos dure varios días no significa automáticamente que necesitemos un antibiótico.

Los catarros infantiles pueden durar varios días y la tos puede persistir incluso después de que el resto de los síntomas haya mejorado.

¿Y la fiebre?

Tampoco la fiebre significa automáticamente que exista una infección bacteriana.

Los virus pueden producir fiebre, incluso fiebre elevada.

La decisión de utilizar un antibiótico no se basa únicamente en que el niño tenga fiebre, sino en el conjunto de síntomas, la exploración física y, cuando está indicado, las pruebas complementarias.

Por eso no debemos utilizar antibióticos que hayan quedado en casa de una infección anterior simplemente porque nuestro hijo vuelva a tener fiebre.

¿Puede un catarro acabar necesitando antibiótico?

Sí, pero esto es diferente.

Una infección vírica puede, en determinadas circunstancias, complicarse posteriormente con una infección bacteriana.

Por ejemplo, un niño puede comenzar con una infección respiratoria vírica y posteriormente desarrollar una infección bacteriana que sí requiera tratamiento antibiótico.

Esto no significa que el virus se haya transformado en una bacteria.

Significa que pueden coexistir o sucederse diferentes infecciones.

En estos casos, será la valoración médica la que determine si existe una infección bacteriana y si es necesario utilizar antibióticos.

¿Qué ocurre si damos un antibiótico cuando no hace falta?

Aunque un antibiótico esté correctamente indicado para determinadas infecciones, no está exento de efectos secundarios.

Puede producir, entre otros:

En ocasiones pueden producirse reacciones graves, aunque sean poco frecuentes.

Además, existe otro problema que nos afecta a todos: la resistencia a los antibióticos.

  • diarrea;
  • náuseas o vómitos;
  • dolor abdominal;
  • erupciones cutáneas;
  • reacciones alérgicas;
  • y alteraciones de la microbiota intestinal.

¿Qué significa que una bacteria sea resistente?

Las bacterias pueden desarrollar mecanismos que les permiten sobrevivir a determinados antibióticos.

Cuando una persona toma un antibiótico de forma innecesaria o incorrecta, puede favorecer la selección de bacterias resistentes.

Esto no significa que “nuestro cuerpo se vuelva resistente al antibiótico”.

Son las bacterias las que pueden hacerse resistentes.

Y esas bacterias resistentes pueden transmitirse a otras personas.

La resistencia antimicrobiana es actualmente un importante problema de salud pública. La OMS señala que el uso indebido y excesivo de los antimicrobianos es uno de los principales factores que favorecen la aparición y propagación de microorganismos resistentes.

Esto puede hacer que una infección que antes se trataba fácilmente necesite posteriormente antibióticos diferentes, tratamientos más prolongados o incluso hospitalización.

Por eso, utilizar correctamente los antibióticos es una forma de proteger tanto a nuestro hijo como a la comunidad.

Si mi hijo necesita un antibiótico, ¿cómo debemos administrarlo?

Cuando el pediatra prescribe un antibiótico, es importante seguir exactamente las indicaciones recibidas.

1. Administrar la dosis indicada

La dosis de muchos antibióticos pediátricos se calcula en función del peso del niño.

Por eso no debemos utilizar la dosis que recibió un hermano, otro niño o nuestro hijo en una infección anterior.

2. Respetar los horarios

Si se ha indicado una determinada frecuencia, debemos intentar mantener intervalos regulares entre las dosis.

No debemos juntar dos dosis porque se nos haya olvidado una ni modificar los horarios por nuestra cuenta.

Si se olvida una dosis, lo adecuado es consultar las instrucciones específicas del medicamento o preguntar al pediatra o farmacéutico.

3. Completar la pauta prescrita

Si el niño mejora después de unos días, podemos tener la tentación de suspender el tratamiento.

No debemos modificar por nuestra cuenta la duración prescrita.

Hay que seguir la pauta indicada por el profesional que ha valorado al niño. Si existe algún problema con el tratamiento —por ejemplo, vómitos, diarrea importante, una reacción cutánea o dificultad para administrarlo— debemos consultar antes de modificarlo.

Del mismo modo, no debemos prolongarlo “por si acaso”.

4. No guardar los restos

Si sobra antibiótico, no debemos guardarlo para utilizarlo en una infección futura.

Una infección diferente puede estar producida por otra bacteria o incluso ser vírica, y el medicamento que funcionó en una ocasión puede no ser apropiado en otra.

5. No compartir antibióticos

Nunca debemos dar a otro niño un antibiótico que haya sido prescrito para nuestro hijo.

Aunque los síntomas parezcan iguales, la causa puede ser diferente y la dosis también.

¿Hay que dar siempre un probiótico junto al antibiótico?

No necesariamente, pero puede ser beneficioso en muchas situaciones. Algunos antibióticos pueden modificar temporalmente la microbiota intestinal, y determinados probióticos pueden ser útiles. Si tu pediatra o farmacéutico te recomienda alguno, recuerda tomarlo separado del antibiótico o cuando hayas terminado el tratamiento.

¿Y los catarros? ¿Qué podemos hacer entonces?

La mayoría de los catarros infantiles mejoran por sí solos.

Esto no significa que no podamos hacer nada.

Podemos ayudar al niño a encontrarse mejor con medidas dirigidas a aliviar los síntomas:

Los antibióticos no hacen que un catarro se cure antes porque no actúan contra el virus que lo está produciendo.

  • ofrecer líquidos con frecuencia;
  • mantener una alimentación adecuada a su tolerancia;
  • realizar lavados nasales cuando los necesite;
  • favorecer el descanso;
  • controlar la fiebre si el niño está molesto, utilizando el medicamento adecuado para su edad y peso cuando esté indicado.

La idea más importante

Los antibióticos son medicamentos muy valiosos. Han permitido tratar infecciones bacterianas que anteriormente podían ser graves o incluso mortales.

Precisamente por eso debemos utilizarlos bien.

No debemos tener miedo a los antibióticos cuando nuestro hijo realmente los necesita. Pero tampoco debemos utilizarlos “por si acaso” cuando no están indicados.

En Centro Pediátrico Etapas

Cuidamos de la salud de los más pequeños. Como padres, es normal querer hacer todo lo posible para que vuestros hijos se recuperen cuanto antes. Y precisamente por eso, utilizar los antibióticos únicamente cuando son necesarios es una de las mejores decisiones que podemos tomar para cuidar su salud.

*Artículo divulgativo dirigido a las familias. No sustituye la valoración individual por un profesional sanitario.*

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